Entonces buscas maneras de mantener una pacífica convivencia con tus demonios, los de afuera y, sobre todo, los de adentro. Impones, aún cuando tenga finitud, una alegría falaz, un desinterés mezquino, una sonrisa apretada, un "todo bien" habitual y un despliegue de posturas, manifestaciones, expresiones que no dejen duda alguna.
Lo impones a diario. Te armas una burbuja, pretendiendo que sea lo más resistente e impermeable posible. A riesgo de que explote en cualquier momento. Y así, la vas moldeando, haciendo de ella lo más cercano a la vida soñada, sin demonios ni infierno, ni lenguas de fuego, siempre a punto de quemar. Y van en aumento, crece tanto que explotó. Y sí, se filtró en una pequeña abertura, la realidad. Apenas asomó su existencia, otra vez los demonios y todo lo construido, vivido y pensado, se tira y cae al precipicio, impactando de lleno contra el suelo de la realidad. Atrás, mientras, quedaron los sueños, los pensamientos y las ganas. Resurge el desafío de ser, de estar, de continuar. Desafío que tomó la delantera el infierno, con sus demonios y sus llamas, quemando de a poco pero con certidumbre cada respiro. Sólo queda respirar.